Radio Ga-Ga: Sueño cumplido!

Tenía 8 años cuando, un día cualquiera, descubrí por la televisión a una banda británica que se hacía llamar QUEEN y que acababa de brindar dos conciertos, más que apoteósicos, en el mítico Estadio de Wembley en Londres.

El espectáculo se desarrolló el 11 y 12 de julio de 1986; y, aquel escenario, cobijó por cada noche a más de 70.000 almas, que corearon al unísono temas como A kínd of Magic, I Want to Break Free o We Will Rock You.

Pero el momento cumbre, que incluso llegó a helarme la sangre viéndolo apenas por la TV y a tan corta edad, fue cuando la banda tocó Radio Ga-Ga. Un tema musical por esencia de estudio, pero que decidieron tocarlo en directo. Las cámaras recogieron imágenes reiterativas de Freddie Mercury, en el preciso momento en que movilizaba con su brazo a todo un estadio! Quedé muy sorprendido por la potencia de su voz, su carisma y su genialidad para interpretar lo que cantaba.

Por supuesto lo primero que me dije fue: “Formaré una banda tan famosa como Queen y volveremos a tocar Radio Ga-Ga en el Wembley”. Ya sé… Volaba alto y mi sueño estaba condenado a quedarse en una banal utopía.

Hasta que una tarde reciente, cuando ya sólo me quedaba volver a reproducir el concierto en Wembley por millonésima vez, mi hija Verónica de 13 años – quién ha crecido con una ferviente admiración por Queen y por el rock de los 80s – me dio la sorpresa: “Me escogieron para cantar Radio Ga-Ga dentro de nuestro concierto escolar”.

Vi a mi hija prepararse día a día para el reto. La vi en los ensayos ir de la mano conmigo, con su profesora de canto, con sus compañeros y profesores: Todos alentándola a dar lo mejor de ella para que el público sienta que Freddie Mercury estaba presente otra vez. La noche antes del show y frente a sus nervios, que eran normales y que se agolpaban con los míos, la miré a los ojos, le di un abrazo y le dije: “No tengas miedo. Cuando salgas al escenario, haz que todos nos vayamos ciegos, sordos y con ganas de más..!”.

Y entonces ocurrió. Los nervios de Vero se fueron junto con los míos, al verla salir resuelta y al ver que el público le respondió. La vimos cantando Radio Ga-Ga con voz potente, con los ojos, con las manos, pero sobre todo, con el corazón. Ella sentía lo que cantaba y la audiencia en ese teatro la sintió también, a tal punto de que la euforia total pudo percibirse y se escuchó en un solo grito.

Fue un momento hermoso: Para tenerlo en mi memoria hasta el final. No fue el Wembley, ni fue Queen… Fue mi hija, fueron sus compañeros que demostraron también muchísimo talento, fue el teatro que se vino abajo literalmente de la alegría y fue mejor!

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Ahora sí puedo afirmar que Radio Ga-Ga es un sueño que está más que cumplido! Gracias hija!

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El Poder… desde lejos.

Dicen por allí que la naturaleza de un Abogado es ser “político” también por antonomasia. En alguna ocasión, un profesor de la universidad, famoso en ese entonces y en esta era por ostentar importantes distinciones públicas, nos dijo que él era Abogado por mera necesidad, pero que realmente mantenía incólume su vocación política.

Siempre he sostenido que el Poder – político, económico, emocional o mental – no es uraño a quien no lo persigue. Es más, se presenta por voluntad propia, esperando a que lo tomen sin ninguna traba. Y en estas últimas semanas, ese Karma – por ponerle un nombre – se me ha venido cumpliendo.

He sido honrado con la confianza que dos buenos y viejos amigos, hoy por hoy flamantes funcionarios de este novel gobierno, han depositado en mí para que los acompañe a formar parte de su equipo de trabajo. Ello implica tener que mudarme a Quito, dejar bajo encargo mi oficina jurídica, postergar proyectos personales propios recién iniciados, tener menos tiempo para mis hijas y después… a donde el viento y los mares me transporten… Pero sin duda, con una convencida vocación de servir a los demás. Porque la política no puede ser más que eso. Servir y servir en silencio de ser posible. No andar vociferando qué hacemos o qué dejamos de hacer por el resto.

Decidí rechazar las ofertas, no sin antes dejarles saber a quienes pensaron en mí para asistirles, mi profunda gratitud por tenerme presente y afianzar mi compromiso de ayudar con todo mi contingente desde el manso Guayas, que es mi segundo hogar y es desde donde puedo desenvolverme mejor. Porque coquetear con el Poder no es tomarse un whisky en una ciudad extraña, hacer “amistades” disfrazadas de supuestos “nexos” e ir de cafetín en cafetín, buscando que se puede lograr para un beneficio particular.

Servimos a nuestro país, a nuestras familias y al futuro, de las generaciones nuevas antes que al presente de nuestra generación, cuando sentimos que hacemos lo correcto, aunque a determinadas personas o a la mayoría no les guste. Y si te nace hacer lo correcto, así ello implique sacrificio, malas noches, horas y horas de trabajo incansable, pero te sientes bien con lo qué haces, te gusta y te anima a seguir… entonces no cabe duda de que estás por el buen camino y – más temprano que tarde – terminarás por cosechar lo que has sembrado.

El Poder lo disfruto, un tanto más desde lejos. Y no por cobarde y muchos menos, por cómodo. Los que me conocen saben que no adolezco de esos defectos a la hora de hacer lo que debe hacerse para ayudar. Pero he aprendido que se consigue más cuando te otorgan tiempo para escucharte primero en medio de un café, antes de llevar el tema a la Corte o ante cualquier autoridad pública y consigues que la contraparte te otorgue la razón, sin que la obligues a hacerlo mediante una sentencia.

Prefiero aquella clase de Poder que no se impone, sino que se gana. El Poder de ser escuchado y atendido con voluntad por parte de quien ostenta un Poder verdadero por así decirlo. Y aquello se da, por ejemplo, cuando al solicitar un favor, la persona a quien se lo solicitas no te lo niega y te lo hace – no porque te tema o porque esté en deuda contigo – sino porque te aprecie con sinceridad y porque sabe que lo que le has solicitado, no está en el marco de la ilicitud o fuera de lo que no se puede conceder.

La amistad, la confianza y la estima, que tú otorgues o que te otorguen, son Poderes que se vuelven imperecederos y que pesan por encima de cualquier otra clase de Poder. Por eso prefiero también conservarlos desde lejos, para no verme tentado en abusar de lo que sé que poseo y que también puedo brindar.

La huella que dejas

Muchos años atrás, tantos que ya me cuesta sacar las cuentas, tuve una novia.

Estudiaba filosofía y letras en la misma universidad donde, un par de años más tarde, ingresé a estudiar derecho. No se equivocan: Era 2 años mayor que yo.

Entre todo lo que podía odiar con su vida, estaban el rock clásico, la revista Cosmopolitan y el hecho de que el mundo supiera lo que ella hacía o dejaba de hacer por él.

“Y que haces tú por el mundo?”, tuve la majadería de preguntarle una mañana. “Nada más allá de lo que el propio mundo deba saber y sobre todo, deba sentir…”, me respondió en tono afable y yo – por supuesto – sin comprender una palabra de lo que estaba diciendo.

Debido a su doble nacionalidad, pues era hija de un matrimonio británico, todas las vacaciones semestrales tenía que soportar su ausencia durante mes y medio sin tener una sola noticia de su existir. En ese entonces no se había inventado el Facebook, peor el Instagram. Y de haberlos en aquella época, la muchacha hubiese sido la ventiúnica “extraterrestre” que no tendría una sola red social.

Para acortarles el cuento, su padre trabajaba en la oficina de servicios consulares en la Embajada Británica en Quito. No era el Embajador, pero tenía mucha aptitud y sobre todo, voluntad de servicio al prójimo y a su patria. Tanto así, que los meses en los que duraba la prolongada ausencia de mi novia, ella viajaba al país de sus padres para ser voluntaria en una fundación que se dedicaba por entero a cobijar a niños huérfanos, buscarles un buen hogar y entregarlos en adopción.

Imaginen cómo me sentí cuando, tiempo después y producto de mis celos de muchacho malcriado, ella llegó a mostrarme en qué invertía su tiempo durante sus vacaciones de semestre.

Estando rodeada de personas que se dedicaban por entero a la política; y, pudiendo restregarle al mundo lo que ella hacía por esos niños, nunca quiso hacerlo. Tenía los nexos, tenía los medios; pero sobre todo, tenía la voluntad y la humildad para no andar pregonando tanta palabrería barata (cómo suele verse por allí), en pos de esforzarse por ser descubierta. Ella cumplía con la primera labor que cualquier ser humano – político o no – debe hacer: Ayudar a los demás. Esa era la mejor huella personal que dejaba a su paso y frente a quienes llegamos a conocerla de cerca.

Uno aprende a ver de qué está hecho el corazón de una persona, cuando nos damos cuenta que tan humilde, solidaria, entregada y comprometida puede estar con una causa: Cualquiera que esta fuese. Que transforma en acciones la mínima palabra que sale de sus labios. Que no es egoísta, pensando en individual o en absolutismos. Que no pierde el tiempo diciéndole a todos lo que puede llegar a ser o lo que está dispuesta a brindar: Simplemente lo brinda y ya! Sin tanta “paja” que se escribe y se lee en las redes sociales hoy por hoy.

Regresando a la casa de mis padres, he buscado desaforadamente las dos únicas fotos que imaginé aún conservaba de “Liz”. No puedo acusar a nadie de haberlas extraviado, pero con seguridad mi madre las traspapeló “por bien hacer” quiero pensar.

Falleció un 4 de noviembre de 1996, en un accidente de tránsito, mientras se dirigía a la playa junto a sus padres. Ellos sobreviven hasta el día de hoy. Ella se volvió mi primer ángel en el cielo.

El corazón de mi padre

Corría el año de 1977.

Mi padre reunió a tres socios y pensaron que un pueblo pequeño como Chone, merecía tener espectáculos de la talla de La Sonora Matancera, José Luis Rodríguez “El Puma” y artistas que, en ese tiempo, uno solo podía mirar por la televisión.

Para esos primeros espectáculos, a falta de una localía propia, la cancha de indor que alquilaron a un colegio les terminó quedando chica. Así que, con las ganancias, buscaron un terreno un poco más grande en las afueras de Chone, dentro de un sector rural llamado “El Bejuco”; y, así fue como en 1981 nace El Recinto Ferial El Bejucal.

Año tras año, durante los meses de julio y octubre que son las fiestas de nuestro cantón, fui testigo de como El Bejucal acogía a miles de personas, que fueron el respetable público de artistas como Oscar D’León, Wilfrido Vargas, Lupita Ferrer, Mariel Alcalá, Raphael, entre otros. En la última época dorada como empresario artístico, mi padre se salió del esquema de la salsa o el merengue y juntó al rock ecuatoriano en pleno: Tranzas, Los Intrépidos y Tercer Mundo hicieron que nuestro escenario casi se caiga y desbordaron toda la euforia de la juventud Chonense y manabita… allá por mediados de los 90’s.

Aquellas anécdotas, por citar algunas entre muchas. Dos libros no me alcanzarían…

Chone presenció el cambio de aquel recinto durante sus primeros 20 años de vida. Junto al escenario, se hicieron 4 canchas – dizque para albergar a mucha más gente que acudía a presenciar los espectáculos – y junto a las canchas, se construyeron 4 piscinas. Por lo que, durante ese tiempo, se formó el Complejo Turístico El Bejucal.

Pero mi padre siempre sintió que Chone se merecía más que aquello. Y cuando la madurez alcanzaba a sus años de “trotamundos”, entendió que la prosperidad de un pueblo no dependía de lo que una sola persona le pudiese brindar, sino de lo que sus propios habitantes pudieran hacer por sí mismos. Así que reunió a un grupo de notables intelectuales, personas afines con la historia, las matemáticas y las letras; y juntos, ayudaron a construir el Centro Educativo El Bejucal.

Desde aquel último paso, ya transcurrió un cuarto de siglo. 25 años de ver cómo jóvenes que se han formado allí, dejan muy en alto el nombre de la institución que los educó y, con orgullo, se identifican como “Bejucalinos”. Algunos de ellos apostaron por quedarse en su propia tierra y contribuir con el futuro de Chone y del Ecuador. Otros eligieron saltar nuestras fronteras y se hicieron camino por sí solos. Pero siempre es grato encontrarlos por la vida y ver cómo han aplicado la filosofía institucional de su colegio y cómo han salido adelante profesionalmente.

Hoy, después de 40 años de ardua e incansable labor, veo el cansancio de mi padre reflejado en sus ojos y cuando mira hacia el horizonte: Recordando épocas doradas y satisfacciones que las atesora en una biblioteca llena de recuerdos…

Justo hoy, con ocasión del Día del padre, recordaba dos de sus lecciones que me las repetía cuando era chico: Honrar la palabra siempre; y que, un caballero de verdad no tiene memoria cuando otra persona hable sobre una mujer.

El corazón de mi padre está en El Bejucal y El Bejucal es el corazón de mi padre. Decir que aquel lugar se quedó en el tiempo, sería mentirles porque después de la gran infraestructura formada en casi medio siglo de innovación constante, Chone y Manabí cuentan con el mejor complejo de toboganes de agua que la provincia entera haya visto. BEJUCALPARK.

Quiero pensar que cuando mi padre mira hacia el horizonte, no lo hace con nostalgia, sino con alegría y tranquilidad por todo lo que ha logrado.

Que Dios lo siga bendiciendo y nos permita a mis hermanos y a mí honrar y cuidar su legado.

El “hubiera” no existe

Mi hermana Adriana se fue…

Nos dejó en una madrugada de sábado, cuando sus fuerzas ya no le dieron más para librar tanta batalla contra la enfermedad que le arrebató la vida. Aún así, la escucho tan fuerte y clara como si estuviese a mi lado hablándome. Se ha convertido en mi eterna compañera.

Cuando le daba por ser ocurrida y quería llegar con sus palabras, utilizaba frases que se volvieron “célebres” dentro de su léxico, no tan educado que digamos, pero siempre se hizo escuchar y respetar.

Por ejemplo, en los ratos en que nos daba una recomendación respecto a qué compañías eran saludables y las que no inspiraban nada bueno para ella, siempre evocaba a mi abuelo materno y mencionaba: “El papito Ramón decía que con ‘pendejos’ no se iba ni al río… porque dejan caer el jabón”.

Cuando su enojo triunfaba y me veía triste o molesto, por algo o por alguien que no merecía mi tiempo o mi atención, no tenía empacho en lanzarme una mirada de pantera y soltar a voz en cuello: “Deja de hacerte la paja mental que ya estás grande..!”

Cuando veía que se formaban distanciamientos entre nosotros; o, que algún miembro de la familia se enemistaba con los demás, nunca faltaba su tirón de orejas. Incluso, yo fui reprendido varías veces con su particular forma de dar lecciones, por no tener la facilidad que mi hermana siempre tuvo para perdonar y dejar pasar. Me dijo más de una vez: “En vida hermano, las cosas se dicen y se hacen en vida. Porque el ‘hubiera’ no existe”.

En mi caso, el “hubiera” con ella siempre fue. Siempre existió… Porque así como me reprendía con la dureza con que a ella mi madre la corregía también, fue también mi primera alcahuete en cuanta locura se me pasaba por la mente.

Adriana fue y sigue siendo mucho para quienes la conocimos y la quisimos. Dio todo por su familia: Todo, a cambio de nada. Nos enseñó a ser fuertes y a unirnos como familia y dejar atrás cualquier desavenencia. Y creo, sin temor a equivocarme, que ese será siempre su mayor y mejor legado.

Hoy cumpliría 49 años aquí en la tierra. Pero estoy más que seguro qué existe un alboroto completo en el cielo, con ella de homenajeada y vociferando a los ángeles, vestidos de mariachis o de “lagarteros”, que le dediquen otra hora de serenata.

Recuerdos de un terremoto

(Publicado el 24 de abril del 2016)

Nací y crecí en Chone, Manabí. Mis recuerdos de la infancia son tan claros y diversos, como cada amplio horizonte que pude contemplar en las playas, en los ríos o en cualquier prado de mi bella provincia. El aroma del primer café de la mañana, un buen verde asado, queso fresco y salprieta. Desde la casa de mis padres o de mis abuelos, no conozco a un manaba que no disfrutare al brindar su hospitalidad y su franca manera de ser: Tan sincera como el niño más inocente de todos.

Estudié en una escuela pública; y, de ella, además de mis primeras letras y números, conservo buena parte de mis mejores amigos y amigas: Personas con quienes mantengo una relación incondicional desde chiquillos hasta el día de hoy.

Allá tuve mi primera novia. Su barrio y el mío prácticamente se juntaban por las mismas calles, así que no era problema agarrar la bicicleta o irme caminando hasta su casa. Compartíamos pupitre en el salón y como siempre fui una desgracia para la geometría, ella dibujaba en mi cuaderno verdaderas obras de arte con los trapecios y los romboides.

Pese a que a los 11 años me mudé a Guayaquil, ciudad a la que le debo mucho también, nunca me faltó un pretexto para regresar a mi linda tierra. Mi mamita Leonor, la poca familia que aún queda en Chone, los amigos de siempre, el legado de mi padre o la necesidad que a ratos le surge a uno de estar solo, perderse del resto del planeta y encontrarse a sí mismo.

Tal como me siento hoy…

Mi razón y conciencia se encuentran divididas entre los recuerdos de una infancia feliz, de una provincia próspera, con hombres gallardos y mujeres de una belleza que no se encuentra en ninguna parte; y, el triste y duro panorama de poblaciones en ruinas, o peor aún, imágenes de personas que perdieron la vida frente al potente terremoto que asotó nuestras costas y que dejó una catástrofe total.

Desde aquel sábado duermo poco o casi nada. La comida me pasa con dificultad, pensando en aquella gente, mi gente! que no tiene que comer; que no cuenta con agua potable; que duerme a la intemperie y con el corazón traspasado por el dolor de la pérdida de sus seres queridos. Busco con desenfreno las noticias, esperando alguna respuesta de cualquier entidad gubernamental que me convenza de que se esta haciendo algo frente a la tragedia; y, lo que obtengo es un desconcierto absoluto cuando escucho al Presidente decir que ha propuesto incrementar el IVA al 14 %, y obliga a que brindemos un aporte del 3 % sobre las utilidades y del 0,9 % sobre el patrimonio cuyo valor sobrepase el millón de dólares, así como a donar un día de salario de las personas que ganen más de 1000 dólares hasta llegar a los 5000.

Para aumentar este contrasentido, a este mismo Presidente – del cual no me siento representado ni de lejos – lo veo en la televisión, amenazando a las personas con detenerlas si se siguen quejando por la falta de agua; y, por último, afirma abiertamente en su enlace que la reconstrucción del Ecuador tomará meses, años! y que costará miles de millones de dólares. En resumen, podrán seguir cargándonos de impuestos, recaudando fondos de países amigos, no tan amigos y de donde sea; podrán seguir con el voluntariado masivo y conmovedor que la ciudadanía y el país entero ha tomado como suyo; podrá venderse TC, Gamatv, la sede de la Unasur (que hasta el día de hoy no sé ni para que se hizo); podrá eliminar el ministerio del Buen Vivir (que tampoco sé ni para que sirve) y no habrá plata que alcance para reconstruir la patria Altiva y Soberana durante mucho tiempo.

Esto es una catástrofe de carácter nacional y el país necesita una respuesta sensata, con sentido y cordura de Estado. No necesita un pretexto; y mucho menos, que ese pretexto sea un golpe a los 14 millones de Ecuatorianos, para imponer un plan económico en procura de – talvez – tratar de cubrir un enorme hueco financiero, que ha sido producto de gente que no supo administrar con prudencia y eficiencia los recursos públicos. Y con pavor, da la impresión de que ya lo tenían listo desde hace mucho, pero no encontraban la oportunidad idónea para poder anunciarlo.

Hoy, tras una semana del terremoto, hago público mi agradecimiento a Dios por bendecir y proteger a nuestras familias; y, a todas las personas, provengan de donde provengan, por su infinita generosidad y valor. Porque desde todos los rincones de nuestro territorio; y, pese al panorama político no tan entusiasta que se nos ha pintado frente a la catástrofe, la ciudadanía entera, la empresa privada, las organizaciones no gubernamentales, extranjeros y todo aquel que ayuda a los damnificados aunque sea con lo poco que tiene, no pierden la fe de que esta película de terror pronto se acabará y que todos volveremos a ver a un Manabí y a un Ecuador levantado, más fortalecido y más unido que nunca.

Porque si antes se nos ha querido dividir y clasificar entre “compañeritos” y “pelucones”, hoy estamos demostrando que la unión de todo un pueblo rompe esos malos esquemas y que más temprano que tarde volveremos a recuperar nuestra identidad y libertad, que siempre fueron una sola desde que tengo memoria.

La soledad de mi antigua casa

Siempre ha coincidido que cuando he necesitado un instante para estar solo y meditar, por alguna extraña razón y sin planearlo, regreso a la tierra Santa que me viera nacer y crecer: Mi Chone lindo.

Dormir en mi antigua casa después de algún tiempo, verla en silencio y vacía y con tantas memorias empolvándose en un baúl, me hizo abrirlo y recordar el sacrificio que mis padres hicieron para poder edificarla.

Previo a ello, a mi madre – con tan solo 28 años – tenían que someterle a una cirugía de corazón abierto extremadamente riesgosa. La deficiencia con la que nació, se le había agravado con los años; y, frente a ese diagnóstico, mi mamá cuenta lo que les había dicho a mi papá y a mi hermana mayor: “Antes de hacerme cualquier cosa con respecto a mi condición médica, mis hijos tienen que quedarse en su casa. Si no llego a sobrevivir, ellos se quedan en su propio techo y no andarán rodando de portal en portal”.

Y así fue. La casa estuvo construida y terminada en 10 meses. Se la bendijo con el favor de Dios y a la semana siguiente mi mamá viajó a Guayaquil a enfrentar su destino. Y Dios fue bueno con ella: Le permitió ver a sus hijos crecer, disfrutar su etapa de abuela “chocha” y ser el corazón aguerrido del hogar donde crecí.

De sus 4 hijos, Adriana y yo vivimos con mucha mayor intensidad su faceta de “mamá implacable”. Porque por mucho que fuese el amor que nos profesara, la sacábamos de quicio cuando notaba que nos limitábamos por el simple hecho de querer limitarnos, al trazarnos un propósito. “En mi vocabulario las palabras -No Puedo- No existen… y menos para ustedes”, nos sentenciaba en forma decidida.

De mi madre heredé mi abundante “auto-confianza”, cómo alguien supo decirme; y, el haber aprendido a valorar en sumo grado la fortaleza y la sensibilidad de una mujer. Y si existen dos cosas que debo agradecerle son, la primera, el haberme parido varón; y, la segunda, el haberme enseñado a punta de garrote a no decir nunca “No puedo”.

Yo tuve un hogar equilibrado. Porque mientras mi mamá me enseñaba a ser firme, constante y a confiar en que conseguiría cualquier cosa que me propusiera, las enseñanzas de mi padre – frecuentemente – tenían que ver con el honor, la verdad y la hombría de bien.

Me dijo que la palabra que se empeñaba como hombre, era el tesoro más grande que uno pudiera mantener interiormente; y que, ni los pergaminos más costosos, ni todo el oro del mundo, ni todas las fuerzas que existen en el universo, pueden compararse con el valor de la palabra de un hombre. Más aún si esta se empeña para sellar algún acuerdo o para acreditar un hecho o algún sentimiento delante de los demás.

En ese mismo grado de importancia, mi padre me enseñó siempre a decir la verdad: Por muy dura que que se presente. Porque los sueños más grandes que uno posee, se construyen a base de verdades completas y de tener la determinación y la constancia para luchar por esa misma verdad. No se puede edificar nada sobre una verdad a medias; y, peor aún, sobre una mentira o sobre lo que no podemos ver o no podemos percibir. Y por eso, el honor y la verdad siempre irán de la mano.

En lo personal, las dos primeras cualidades desembocan en la última: Si existe honor y decimos la verdad, siempre buscaremos ser un hombre de bien. Trabajar duro día a día, proteger a la familia – aunque a veces tengamos que hacerlo de sí mismos – levantar los puños contra todo aquel que maltrate de cualquier forma a una mujer, así nos ganemos a cuánto “enemigo personal” se nos interponga en el camino, como ya me pasó en su momento y de lo cual no estoy ni estaré arrepentido.

Porque la fuente de inspiración de un hombre de verdad, siempre será una mujer que le corresponda con el mismo sentimiento: Que lo incentive a soñar y a luchar por hacer realidad todo lo que sueña…

Son los valores y las convicciones que heredé de mis padres. Y he tenido que regresar a su casa para buscar tranquilidad y para recordar de que estoy hecho. Para proteger a quienes están dentro de mi vida, pero siempre con honor y con verdad. Para hacer lo correcto, aunque no a todo el mundo le guste el camino o la decisión que haya tomado para lograrlo.

Dios y el tiempo serán mis únicos jueces.